27 de Septiembre, 2005


y sigo siendo un fan, absolutamente.

Sirva este artículo para iniciar mi colaboración en este blog. La gran mayoría ya me conocéis del foro, por lo que es muy probable que muchas de las cosas que publique por aquí ya las hayáis leido antes. No importa. No está de más recuperar algunos de los posts que el tiempo había enterrado en las profundidades de mi@.

Situémonos en la primera parte de la gira española de este año. Principios de enero. Cualquier periódico o revista hacía referencia a los conciertos que R.E.M. iba a dar en Madrid y Barcelona. Una retahila de tópicos que no desmerecían, pero que tampoco aportaban nada nuevo. Hasta que llegué a una de las páginas de El Periódico de Catalunya. Y allí me encontré con la sorpresa de un artículo escrito por Ken Stringfellow. Delicioso. Magnífico. Y como creo que es atemporal, me gustaría compartirlo con los que no pudistéis leerlo en su momento. Disfrutadlo.


Y sigo siendo UN FAN, ABSOLUTAMENTE.

Uno de los muchos tediosos trabajos manuales que tuve que hacer cuando estaba en la escuela secundaria fue el de jardinería para un compañero de trabajo de mi padrastro. Él y su esposa eran mayores, 60 y algo, y gozaban de un alegre temperamento muy californiano. En el garaje tenían un Camaro de 1960 azul metalizado (el mismo garaje ya era un distintivo californiano). Parecían estar bronceados, aunque vivíamos en un pequeño pueblo de Bellingham, Washington, a 90 millas al norte de Seattle y en una región al abrigo de prácticamente todo. Cuando nos mudamos allí en 1978 llovió durante algo así como 90 días sin parar. Al menos así es como yo lo recuerdo.

Estaba yo trabajando sin descanso, sin nadie que me controlara, como siempre, arrancando hierbajos o algo así, una tarde mientras escuchaba la emisora de radio de Seattle de nu wave (la desaparecida, hace ya mucho tiempo, KYYX). Estaban emitiendo la música de costumbre: Flock of Seagulls. I Melt With You de Modern English, etc., pero de pronto mi oído quedó capturado por un extraño sonido: rock and roll. En realidad, casi las raíces del rock (¿era quizá Dave Edmunds?). Sin caja de ritmos (esto podía asegurarlo), sin sintetizadores y con una guitarra que sonaba como..., bueno, una guitarra con un ampli. No demasiado distorsionada. Inquieta. Llena de arpegios. Y luego entraba el coro y subía desenfadadamente como una piedra catapultada; era imposible entender la letra, aunque sugería muchas cosas. Sobre esa canción podría decirse lo mismo que los escritores han dicho acerca del sexo: parecía contener el significado de la existencia, pero no lo comunicaba directamente, sin duda no en palabras.

El DJ no volvió a anunciar esa maravillosa canción.

Así pues, tuve que adivinar qué podía ser y, tras escuchar varios discos de Dave Edmunds, leí por casualidad una crítica de Murmur de REM. La forma en que el crítico describía el estilo vocal y de la guitarra me llevó a pensar que debía estar describiendo a los creadores de esa canción que me había atrapado en la KYYX. Recorrí las tres tiendas de discos del pueblo y, al tercer intento, encontré el último ejemplar de Murmur que había en Bellingham, en cassette.

Encontré algo que realmente percibía como mi música secreta. Yo ignoraba la gran atención que REM estaba suscitando en la prensa y que, con el tiempo, Murmur acabaría siendo disco de oro, que el grupo llegaría a ser un icono de la música/el pensamiento/la producción posmodernos y que vendería 40 millones de copias en este proceso. En 1984 eran sólo míos. Y tenía la sensación de que ese sentimiento se repetía ad infinitum: medio millón de personas pensaba lo mismo: que REM era suyo. Es imposible inventar una estrategia de márketing más eficaz. Por cierto, la pieza era Radio Free Europe...

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