Un disco feliz

Como en ese distópico mundo donde las emociones se perdieron y fueron sustituidas por sucedáneos, los seres humanos somos bombardeados con mensajes condicionantes sobre música sintética aunque a diferencia de la historia original, en un estado distinto al embrionario. El lanzamiento de Collapse Into Now ha servido para confirmar una vez más - por si no estaba ya lo suficientemente claro-, la degradación del mensaje con el que los medios tratan de llegar a su público.

Durante la última semana, a través de los medios nacionales más variopintos hemos sido testigos de cómo los Alfa-más se han limitado a despachar el nuevo disco de REM con el mismo publireportaje con el que nos brindaron en Accelerate, en Around the Sun y en Reveal (Up sigue siendo el último disco que tuvo una promoción decente). Los Beta-más de uniformes verdes han servido de voceros de los primeros en el medio digital, diluyendo aún más si cabe un mensaje ahora transformado en un reclamo comercial aderezado con toques de Wikipedia. Los últimos de la cadena, los pobres Épsilon condicionados para disfrutar de la mierda disfrazada con ínfulas intelectuales resumen el resumen en cuatro líneas donde todo se mezcla.

La salida de un disco de tu grupo favorito es para un servidor un periodo parecido a la Navidad para Ebenezer Scrooge o el día del cumpleaños de Norma Desmond. Una reunión donde los invitados se dan todos palmaditas en el hombro por un día y donde se cuentan batallitas que se olvidarán solo hasta el año siguiente. Estos días he vuelto a leer a Michael Stipe  hablando de Obama, de su homosexualidad o de Bill Berry como si fuera un famoso contando trivialidades en la Noria; una ración triple de soma idiotizante visto el amplio recorrido que ya tiene ese discurso. ¿Y del nuevo disco qué ha dicho? ... ¿a alguien le importa?